Noticias11 de agosto de 2026·3 min de lectura

«Mientras esté vivo, mientras mi corazón lata, seguiré buscando. Llevo haciendo esto desde que era niño. Si sé que has muerto, te encontraré.»

Oleksi Yúkov lo dijo y lo cumplió durante más de dos décadas. El pasado 5 de agosto pisó una mina mientras intentaba recuperar el cuerpo de otra persona fallecida en la aldea de Dolyna, en el frente del Donbás. Tenía 40 años.

Ucrania conocía a Yúkov como «el recolector de almas». Un título que no eligió él, sino quienes le vieron trabajar: de rodillas entre escombros, identificando fragmentos de hueso, devolviendo nombres a los sin nombre. Pero hay un dato que pocas crónicas han destacado: recuperaba rusos también.

Una vida entre los muertos: de la Segunda Guerra Mundial al Donbás

Yúkov nació en Sloviansk —la ciudad donde el conflicto en el Donbás tuvo su primer capítulo en 2014— y de adolescente ya rastreaba campos de batalla en busca de restos de soldados soviéticos y alemanes de la Segunda Guerra Mundial. Esa obsesión temprana lo convirtió en un experto: podía identificar fragmentos de hueso humano con solo verlos. La anatomía forense se volvió su segunda naturaleza.

Cuando las milicias prorrusas tomaron su ciudad natal en 2014, Yúkov fundó Platsdarm —«cabeza de puente»— para hacer lo que nadie más hacía de forma sistemática: entrar en las zonas más peligrosas del frente, localizar cuerpos y devolverlos a sus familias, con nombre y con dignidad. La organización se fue ampliando conforme la guerra se extendía.

En 2022, una explosión de mina le costó un ojo y le dejó heridas graves en las piernas. Regresó al frente antes de terminar la recuperación.

Los muertos no tienen bando: también recuperaba soldados rusos

Aquí está el ángulo que rara vez aparece en las necrológicas: Yúkov y su equipo recogían los cuerpos de soldados rusos caídos en territorio ucraniano. No por simpatía política —Yúkov era ucraniano, nacido en Sloviansk, y vivía en un país invadido— sino por convicción: un cuerpo es un alma que espera volver a casa, y eso no cambia por el uniforme que lleva.

«Nos llevamos todos los huesos. Luego van al cuartel general y se intercambian. Ya hemos intercambiado 750 cuerpos de rusos.»

Esos intercambios permitieron que 750 familias rusas recibieran a sus hijos, hermanos o padres. Para la comunidad rusa y ucraniana en España —más de 150.000 personas, muchas de las cuales tienen familiares directos en el frente—, el trabajo de Yúkov tiene una dimensión concreta y dolorosa: representaba la posibilidad de que los muertos volvieran, aunque fuera en un ataúd.

Platsdarm: La organización fundada por Yúkov sigue operativa. Sus voluntarios se adentran en campos minados, ruinas y bosques del frente para localizar y exhumar restos humanos. El suelo de buena parte del Donbás está sembrado de minas, drones caídos y munición sin explotar.

Kiev despide a un hombre que no distinguía entre enemigos

El domingo 10 de agosto, miles de personas se reunieron en la Catedral de San Volodímir de Kiev para un oficio cristiano ortodoxo en memoria de Oleksi Yúkov. No eran solo colegas o activistas: era gente que lo conocía de sus apariciones en medios, de sus entrevistas, de los años en que su trabajo dio cara y nombre a una parte invisible de la guerra.

En una guerra que no para —con ataques nocturnos sobre Kiev semana tras semana, con civiles que mueren en mercados y en edificios residenciales—, Yúkov representaba algo incómodo y necesario: la idea de que cada muerto, sea quien sea, merece ser buscado. Que los muertos tienen familias. Que las familias merecen saber.

Yúkov murió haciendo exactamente eso. La guerra en Ucrania sigue produciendo víctimas —civiles, soldados, y ahora también quienes intentaban devolverle la humanidad a sus muertos.

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