¿Cuándo deja un bombardeo de ser noticia de última hora y se convierte en parte del calendario de guerra? Kyiv empieza a saberlo. En la madrugada del miércoles, Rusia lanzó una nueva andanada de misiles balísticos y drones sobre la capital ucraniana y sus alrededores. Al menos 15 personas han muerto. Más de 50 han resultado heridas. Es el segundo gran ataque en cinco días: el 1 de agosto, la misma ciudad recibió una oleada que se cobró nueve vidas, entre ellas cuatro niños.
15 muertos en Brovary, Bucha y Fastiv
El impacto más letal de esta madrugada no se produjo dentro de la ciudad de Kiev, sino en la región que la rodea. De los 15 muertos confirmados de forma provisional, 14 cayeron en localidades del área metropolitana: Brovary, Fastiv y Bucha —sí, Bucha, el municipio que lleva su nombre en los registros de crímenes de guerra desde la primavera de 2022—. Uno más murió dentro de la capital.
Los misiles y drones dieron en almacenes, centros logísticos y complejos comerciales que ardieron durante horas. Los equipos de emergencia trabajaron en varios focos simultáneos mientras las sirenas de alerta aérea seguían activas. Una fuga de amoníaco en una instalación industrial de la zona añadió una amenaza química adicional, aunque las autoridades la dieron por controlada antes del mediodía.
El Ministerio de Defensa ruso describió los objetivos como «centros de suministro logístico utilizados con fines militares» —la misma fórmula que repite desde hace meses para atacar infraestructuras en zonas con alta densidad de población civil—. Los vecinos de Bucha, que vivieron la ocupación rusa en 2022, tuvieron que volver a descender a los refugios en mitad de la noche.
Datos del ataque (5 de agosto, provisional): al menos 15 muertos · más de 50 heridos · zonas afectadas: Kiev, Brovary, Fastiv, Bucha · duración: más de una hora · armas: misiles balísticos y drones · fuga de amoníaco controlada
La estrategia del verano: saturar las baterías Patriot
La apuesta de Moscú por los misiles balísticos no es casual. Estos proyectiles —más rápidos, con trayectorias más difíciles de predecir que los misiles crucero— son los únicos que los sistemas Patriot de Ucrania pueden interceptar de forma fiable. El problema es que cada intercepción consume munición del sistema antimisil, y Ucrania no dispone de reservas ilimitadas ni de suministros regulares para reponerlas.
Desde el ataque del 30 de julio, que dejó 13 muertos y provocó la caída de escombros en territorio polaco, Rusia ha mantenido el ritmo de ataques masivos con una regularidad que ya no sorprende. La lógica militar es directa: lanzar suficientes balísticos para saturar la defensa y lograr que algunos lleguen sin ser interceptados. Es una guerra de desgaste también en el cielo.
Kyiv lleva contando las explosiones desde hace meses. Cada madrugada con sirenas se parece a la anterior, pero las víctimas siempre son distintas. Para la comunidad ucraniana y rusa que vive en España, estos ataques tienen nombres y barrios concretos: muchos tienen familia en Brovary, en los distritos orientales de Kiev, en Fastiv.
Ucrania responde: drones sobre Tula y el dilema de los Patriot
Durante la misma noche, fuerzas ucranianas lanzaron sus propios ataques con drones sobre territorio ruso. Varios aparatos alcanzaron un centro de distribución de Wildberries en la región de Tula, al sur de Moscú, con daños materiales significativos. El Kremlin informó de haber interceptado 320 drones ucranianos a lo largo de la jornada, una cifra que ilustra la escala de la guerra aérea que se libra en ambas direcciones sin interrupción.
Zelenski ha vuelto a pedir a los aliados que aceleren los envíos de munición Patriot. El presidente ucraniano también ha denunciado que Moscú mantiene su presión en el frente terrestre con ayuda de soldados norcoreanos, lo que añade otra capa de complejidad a un conflicto que ya involucra a actores de tres continentes. El escenario, para quien lo sigue desde España, es de una intensidad que no cede ni en agosto.

