Cuando cientos de espías rusos fueron expulsados de Europa occidental tras la invasión de Ucrania en 2022, muchos no regresaron a Moscú: pusieron rumbo a Tokio. Japón era perfecto. Una potencia tecnológica de primer orden. Y, al mismo tiempo, un país sin agencia de inteligencia centralizada, sin ley antiespionaje y con décadas de desidia institucional ante el problema. El espía soviético Stanislav Levchenko ya lo describió ante el Congreso de Estados Unidos en 1979: Japón era «un paraíso para los espías». Cuatro décadas después, la descripción seguía siendo válida.
Todo eso empezó a cambiar este verano. El 31 de julio, el Gobierno de la primera ministra Sanae Takaichi inauguró la Oficina Nacional de Inteligencia, el primer organismo de este tipo centralizado desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Con 730 empleados y bajo la presidencia directa de Takaichi, la nueva agencia concentra la información que hasta ahora estaba dispersa entre la policía, el ejército, el Ministerio de Exteriores y el de Defensa —organismos que, durante décadas, trabajaron en paralelo sin compartir datos.
De nido de espías a agencia de inteligencia
El sistema de seguridad japonés era una anomalía entre las grandes democracias. La Oficina de Inteligencia del Gabinete, creada durante la Guerra Fría, funcionaba más como coordinadora nominal que como agencia operativa: no tenía autoridad legal para exigir que los ministerios compartieran información, ni podía interceptar comunicaciones de sospechosos antes de que abandonaran el país. El resultado era previsible: espías extranjeros que operaban libremente en territorio japonés sin que ningún organismo pudiera detenerlos.
La situación se agravó con la guerra. El rearme de Japón, que ya incluye desde la aprobación de su nueva ley el mayor gasto militar en décadas, necesitaba un correlato en inteligencia. Una investigación del New York Times y del medio disidente ruso The Insider reveló cómo el GRU —el servicio de inteligencia militar ruso— había establecido en Tokio uno de sus centros de operaciones clandestinas más activos. Al frente de la operación: Maksim Filchenkov, un veterano oficial de 49 años con identidad cubierta como empleado de la aerolínea estatal Aeroflot. Filchenkov y su red se dedicaban a lo que mejor sabían hacer: adquirir tecnología japonesa de doble uso y sacarla del país.
Componentes japoneses en los misiles que atacan Ucrania
Dato clave: Vladislav Vlasyuk, comisionado ucraniano para la Política de Sanciones, declaró en mayo que el 90% de las armas rusas emplean piezas japonesas, especialmente componentes de guiado para misiles y drones.
Las autoridades ucranianas suministraron a las niponas pruebas físicas: circuitos y componentes fabricados por empresas japonesas habían sido encontrados en armamento ruso empleado contra civiles. La ruta era siempre la misma: Tokio como punto de compra, países intermediarios como Vietnam, Uzbekistán o Sri Lanka para esquivar controles, y Rusia como destino final. Todo legal en origen —tecnología de doble uso cuya exportación a Rusia está, en teoría, prohibida.
Para quienes siguen de cerca la cadena de suministro del armamento ruso —que combina misiles norcoreanos, drones iraníes y ahora electrónica japonesa de contrabando— la red de Tokio no es una sorpresa. Es la confirmación de que Rusia ha construido una industria de guerra distribuida a escala global, aprovechando precisamente los vacíos legales de países que no se consideraban parte del conflicto.
El primer paso de una transformación histórica
La nueva Oficina Nacional de Inteligencia es solo el comienzo. Takaichi fue explícita al presentarla: «Estas medidas son solo el primer paso en la reforma de los servicios de inteligencia». Los dos siguientes: una ley antiespionaje —Japón es de los pocos países desarrollados que todavía no tiene una— y, para 2027, una agencia de inteligencia exterior comparable a la CIA estadounidense o al MI6 británico.
La reforma no está exenta de debate. En el Parlamento, el diputado Makoto Oniki advirtió que la nueva oficina «carece de suficientes mecanismos independientes de supervisión» y que podría «abrir la puerta a una sociedad excesivamente vigilada». Los defensores responden que toda democracia madura necesita organismos de seguridad eficaces, y que la verdadera garantía es el control parlamentario y judicial.
Para los ciudadanos de origen ruso y ucraniano en España, la noticia tiene una dimensión concreta: cada componente electrónico que Rusia deja de obtener desde Tokio es uno menos disponible para el misil que podría caer sobre Kiev, Járkov o Zaporiyia. La cobertura de la guerra en Ucrania en rusiahoy.com incluye estas cadenas de suministro que, aunque invisibles, determinan el curso del conflicto.

