Una puerta de arco ojival, cuatro torres almenadas y una fachada de ladrillo rojo hacen pensar, por un momento, en un castillo medieval sacado de una novela gótica. Pero no estamos en los Alpes ni en la Bretaña francesa: estamos en el este de Moscú, frente a la fábrica Elektrozavod, un coloso industrial del siglo XX que ahora podría desaparecer para siempre.
La Comisión de Planificación Urbana de Moscú aprobó en junio el desarrollo urbanístico del terreno donde se levanta el complejo. En la práctica, eso significa un permiso para demolerlo. Meses antes, el Ayuntamiento de la capital ya había dado el primer paso: retirar a Elektrozavod de la lista oficial de Patrimonio Cultural de la ciudad. Sin esa protección legal, la fábrica quedó expuesta a los bulldózers.
Por qué Elektrozavod está en peligro
La historia tiene sus orígenes en un incendio que arrasó parte del complejo a principios de 2025. Poco después, el Ayuntamiento de Moscú aprovechó la coyuntura para retirar la protección patrimonial no solo a Elektrozavod, sino también a otros 1.500 edificios de la capital. La enmienda legal también dejó sin amparo al Teatro Sovreménnik y a históricos edificios de la plaza Jítrovskaya.
El portal especializado Archi.ru publicó que varios proyectos competían por el futuro del solar: algunos conservarían los edificios originales; otros contemplaban demolición parcial o total. Los activistas de la resistencia cultural rusa vieron en esos planes la amenaza definitiva para uno de los últimos grandes complejos industriales históricos de la ciudad.
Un siglo fabricando la luz del Kremlin
Elektrozavod tiene historia suficiente como para merecer un libro. La planta se levantó en 1915, en plena Primera Guerra Mundial, cuando la empresa Provodnik fue evacuada desde Riga hasta las orillas del río Yauza. El arquitecto encargado de diseñarla, Gueorgui Yevlánov, optó por un estilo neogótico industrial que, más de cien años después, sigue sorprendiendo a quienes pasan por delante.
Durante la era soviética, la fábrica se convirtió en una de las mayores productoras de material eléctrico del país. Fabricaba bombillas, generadores, guirnaldas de luces y, entre otros productos, las lámparas que iluminaban las estrellas rojas en lo alto de las torres del Kremlin. Una pieza del engranaje que mantenía encendida la Unión Soviética.
A diferencia de muchas otras fábricas que cayeron en ruinas tras el fin de la URSS, Elektrozavod logró mantenerse activa durante décadas. Fue el incendio de 2025 el que finalmente la dejó abandonada y abrió la puerta a las ambiciones urbanísticas que hoy amenazan su existencia.
21.000 firmas y una resistencia insólita en la Rusia en guerra
Lo más llamativo de esta historia no es la amenaza en sí, sino la respuesta que ha generado. Dos peticiones ciudadanas para salvar la fábrica Elektrozavod han reunido más de 21.000 firmas, una cifra notable en un país donde las leyes de tiempo de guerra han convertido cualquier forma de oposición pública en un asunto de alto riesgo.
La manifestación de una sola persona frente al edificio el 24 de julio terminó con una detención. Y aun así, la gente sigue firmando. La historiadora de arquitectura Elizaveta Lijachova lo explicó con precisión al diario Védomosti:
«La planta eléctrica es importante para la historia del distrito y para la memoria de la ciudad. Si en su lugar aparece una arquitectura sin rostro, tendremos otro ejemplo de cómo Moscú está perdiendo su identidad.»
La pelea por Elektrozavod forma parte de un proceso más amplio. La organización de patrimonio Archnadzor lleva años documentando la desaparición de edificios históricos en Moscú, un ritmo que se aceleró con los cambios en la legislación patrimonial de 2024.
La promesa del promotor y el escepticismo de los activistas
El Grupo Etalón, empresa inmobiliaria propietaria del terreno, ha intentado calmar los ánimos. En un comunicado reciente, el presidente Yuri Borodín afirmó que no hay planes de demolición total: la intención es conservar los edificios históricos e integrarlos en un proyecto urbano que incluirá espacios culturales, estudios creativos, cafés y tiendas.
Prometió especial atención a la puerta principal del complejo —con sus torres que le dan ese aspecto de fortaleza medieval— y a otras fachadas destacadas del patrimonio industrial.
Pero los activistas no se dan por satisfechos. En otros proyectos similares, promesas de «integrar» el patrimonio han derivado en conservar solo una fachada mientras el interior histórico desaparece. Y el hecho de que el edificio ya esté siendo parcialmente desmantelado —con losas de hierro decorativas a la venta en plataformas de segunda mano— no contribuye a generar confianza.
La lucha por el legado soviético en Moscú está lejos de terminar. Lo que sí está claro es que, al menos por ahora, 21.000 personas han decidido que ese castillo de ladrillo rojo merece seguir en pie.

