Noticias31 de julio de 2026·4 min de lectura

Sergiy busca el utensilio con los dedos. No puede ver la cazuela, ni las manos de la instructora que lo guía para que no toque la superficie caliente. Solo escucha su voz, la olla que borbotea y las instrucciones que llegan antes de que el tiempo de reacción lo traicione. Al otro lado del fogón, Olexánder hace lo mismo. Hace menos de un año, ambos eran soldados en el frente. Ahora están aprendiendo a cocinar.

En un valle de los Cárpatos, en el extremo oeste de Ucrania, cinco veteranos de guerra que perdieron la visión en combate participan en un programa intensivo de rehabilitación. El objetivo no es devolverles la vista —eso ya no es posible— sino devolverles la autonomía que la guerra les arrebató.

Cocinar a ciegas en los Cárpatos

El campus está ubicado en la región de Lviv, lejos del frente pero con las cicatrices bien presentes. Los instructores no son médicos: son entrenadores de vida cotidiana que enseñan a reconocer alimentos por el tacto, a encontrar el utensilio correcto por su forma y peso, a saber cuándo una superficie quema sin mirarla.

Días de cocina, pero también de navegación urbana. Los veteranos aprenden a moverse por la ciudad con bastón blanco, a usar el transporte público, a manejar el teléfono con lectores de pantalla. Pequeñas victorias que suman autonomía.

«La guerra te arranca la vista. Esto intenta devolverte la vida.» — Instructor de rehabilitación, región de Lviv

Lo que hace único este campus es su enfoque integral. No se trata de fisioterapia ni de atención hospitalaria puntual, sino de reinserción práctica. Los participantes —acompañados a menudo por sus familias— viven en el centro durante varias semanas. Es, en cierto modo, aprender a ser otro.

El precio invisible de la guerra

Rusia y Ucrania no publican cifras de heridos. Pero organismos internacionales y medios de referencia han documentado miles de casos de combatientes con amputaciones, lesiones cerebrales y pérdida de visión. Las explosiones de minas, los drones kamikaze y los proyectiles de artillería generan lo que los hospitales ucranianos han bautizado como «las heridas del frente moderno»: múltiples, simultáneas y devastadoras.

Los ojos son especialmente vulnerables. Las explosiones generan ondas de presión capaces de destruir los nervios ópticos sin dejar marcas externas visibles. Muchos soldados llegan al hospital sin saber que han perdido la visión definitivamente. Lo descubren días después, cuando bajan los vendajes.

Datos: Según estimaciones de organismos internacionales, el conflicto en Ucrania ha dejado más de 120.000 militares heridos desde la invasión de febrero de 2022. Las lesiones visuales son una de las categorías que más han aumentado en el tercer año de guerra.

La ONG que organiza este campus trabaja con fondos limitados y una lista de espera que no para de crecer. Su directora señala que la demanda del programa «ha aumentado sin parar» desde el inicio del tercer año de invasión.

«La lista de espera no para de crecer»

Hace tres años, cuando arrancó el programa, los organizadores preveían unos pocos grupos al año. Ahora trabajan con listas de espera. Cada ciclo se llena antes de abrir las inscripciones. Y cada ciclo incluye participantes más jóvenes: soldados de entre 20 y 30 años que llegaron al frente recién movilizados.

Sergiy y Olexánder son dos de ellos. Sus historias no son las más dramáticas que han pasado por este campus, pero sí las más recientes. Hay algo en ver a dos hombres jóvenes —que hace meses sostenían un arma— aprendiendo ahora a manejar una sartén con los ojos cerrados que tiene una dimensión difícil de procesar: ternura y rabia a la vez.

El campus no tiene capacidad para todos los que lo necesitan. Pero existe. Y eso, en el tercer año de guerra, ya es algo.

Una realidad que también llega a España

La comunidad ucraniana en España supera las 250.000 personas, muchas de ellas mujeres con hijos que huyeron del conflicto al inicio de la invasión. Entre ellas hay familias cuyos maridos, hermanos o padres están en el frente —o han regresado heridos. Los programas de rehabilitación para veteranos son, para muchas de estas familias, la única vía de reintegración posible.

España ha enviado apoyo militar a Ucrania, incluidos sistemas de defensa antiaérea. Pero el apoyo a las personas heridas —el después de la guerra— depende todavía casi exclusivamente de iniciativas civiles y organizaciones no gubernamentales que operan con recursos escasos.

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