Noticias29 de julio de 2026·4 min de lectura

«Lo mejor que he hecho en mi vida». Eso dijo Lindsey Graham sobre su papel para convencer a Donald Trump de bombardear Irán. Lo dijo en un documental rodado pocos meses antes de morir, cuando creía que el régimen de los ayatolás caería en semanas. Tenía 71 años, una energía inagotable y una convicción absoluta sobre lo que había que hacer en el mundo.

Graham falleció el 11 de julio de un desgarro en la aorta. Había llegado ese mismo día a Washington después de reunirse con Volodimir Zelenski en Kyiv, donde anunció un acuerdo bipartidista para aumentar las sanciones sobre el petróleo ruso. Fue su último acto político. Este martes, la Catedral de Washington lo despidió ante líderes que vinieron desde el otro lado del mundo para estar presentes.

El último viaje a Kyiv

Un día antes de morir, Graham estaba en Ucrania. Se reunió con Zelenski y anunció que había conseguido el apoyo necesario en el Senado para nuevas sanciones contra el petróleo ruso —un golpe económico que llevaba meses intentando orquestar. Nadie en aquella sala sabía que sería su despedida.

Graham era el tipo de político que queda cada vez menos en Washington: un halcón intervencionista del viejo Partido Republicano que creía en las alianzas y en el poder de convencer cara a cara. Fue uno de los hombres más cercanos a Trump en el Senado y, al mismo tiempo, uno de sus críticos más incómodos cuando creía que el presidente se equivocaba. Esa combinación le daba una influencia única: era el puente entre el trumpismo y el internacionalismo.

«Mira lo que hemos logrado, casi lloro. ¿Cuánto tiempo llevamos buscándolo?», dijo Graham al inicio de la guerra contra Irán, según un documental que salió a la luz días antes de su funeral.

¿Quién ocupa ahora el lugar de Graham?

La pregunta lleva semanas en boca de todos en Washington. Graham era el hombre que llamaba a Trump a las once de la noche para hablarle de geopolítica. El que le explicaba por qué había que plantar cara a Rusia, a Irán, a China. El que defendía a Ucrania y a Israel cuando el movimiento MAGA aislacionista empujaba en dirección contraria.

Su muerte, junto con la enfermedad del senador Mitch McConnell, debilita las aspiraciones de Trump de mantener una mayoría sólida en el Senado de cara a las elecciones legislativas de noviembre. Para Kyiv y Tel Aviv, la pérdida es también estratégica: ambos han perdido a su principal embajador informal en la Casa Blanca.

El hueco empieza a llenarse de maneras inesperadas. Laura Loomer, influencer de extrema derecha y figura muy cercana a Trump, visitó a Zelenski en Kyiv hace días y se retractó públicamente de haber apoyado a Rusia. El podcaster MAGA Tim Pool ha hecho un viraje similar. Señales débiles, pero señales al fin.

Un funeral, dos guerras

Este martes, Zelenski y Netanyahu se sentaron juntos en la Catedral de Washington. Por separado, ambos se reunieron también en la Casa Blanca con Trump. El funeral de Graham se convirtió así en el pretexto diplomático para los encuentros más importantes de la semana.

Zelenski avanzó en la licencia para que Ucrania fabrique sus propios interceptores Patriot. Netanyahu buscó afianzar el apoyo estadounidense en su objetivo de eliminar la capacidad nuclear de Irán. Dos conflictos, dos agendas, un mismo escenario: la catedral y el despacho oval de un martes de julio.

Para la comunidad de origen ruso y ucraniano en España, el legado de Graham es el de alguien que creyó en Ucrania cuando no estaba de moda hacerlo. Que presionó para mantener la ayuda militar activa. Que viajó a Kyiv hasta el último día. Washington sin Graham es un lugar algo más solo para quienes esperan que el conflicto termine con Ucrania en pie. Y eso, también desde España, importa.

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