La Asamblea General de la ONU adoptó el pasado 16 de febrero, por mayoría, una resolución sobre la situación en Siria preparada por Egipto, con la participación de los EE UU, Francia y Gran Bretaña. Rusia, China y otros 27 estados se pronunciaron en contra o se abstuvieron.
La resolución es importante. Este documento, a pesar de su carácter de recomendación, puede ser el precedente que permita fundamentar la injerencia en los asuntos internos de Siria bajo la égida de Naciones Unidas.
Por una ironía del destino, la votación transcurrió durante el primer aniversario del comienzo de las masivas protestas en Libia. Hace un año la reacción de la ONU fue bastante operativa. En el curso de un mes se aprobaron dos resoluciones en el Consejo de Seguridad, dirigidas aparentemente, a la defensa de la población civil de una Libia que había comenzado a deslizarse hacia la guerra civil. Sin embargo, la zona de exclusión aérea sobre Libia se utilizó para dar respaldo aéreo a la oposición.
Según una serie de observadores, esta intervención no estaba prevista por el Consejo de Seguridad. Muammar Gaddafi no tenía con qué hacer frente al poderío de la aviación de la OTAN y tras medio año de resistencia el régimen cayó. Como es sabido, el propio Gaddafi fue linchado. Esencialmente, el país quedó dividido entre grupos armados conformados por principios territoriales y tribales, que sólo nominalmente se subordinan al gobierno central.
Al parecer en Siria, desde hace casi un año continúan las protestas antigubernamentales, puede repetirse una situación análoga.
Sin embargo el pasado 4 de febrero, y por segunda vez en los últimos cuatro meses, Rusia y China, como miembros permanentes del Consejo de Seguridad, bloquearon la resolución que incluía trampas jurídicas para la repetición del escenario libio. Sus desilusionados autores no se contuvieron a la hora de criticar a Moscú y Pekín.
El ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, calificó la reacción occidental ante el veto ruso-chino como “cercana a la histeria”. Sin embargo los partidarios de una dura línea en relación con Siria tienen planes bastante bien pensados. La secretaria de Estado de los EE UU, Hillary Clinton, afirmó a los periodistas estadounidenses la semana pasada que activarán una política de sanciones económicas al régimen de Bashar el Assad, fortalecerán el respaldo a la oposición y se ocuparán de movilizar la opinión pública a su favor. La última votación en las Naciones Unidas va precisamente encaminada en esa dirección.
Decimos Siria, pensamos Irak
Por su parte, Vitali Churkin, representante permanente de Rusia en Naciones Unidas, en su intervención ante la Asamblea General declaró que, el proyecto de resolución “es reflejo de la tendencia, preocupante para nosotros, que intenta aislar el gobierno sirio, rechazar cualquier tipo de contactos con él e imponer desde fuera la fórmula de regulación política”.
Es evidente que Rusia y China continuarán con sus esfuerzos por establecer un diálogo político entre Damasco y la oposición. El referéndum convocado para el 26 de febrero sobre la nueva Constitución siria, así como las elecciones parlamentarias del próximo marzo abren posibilidades para ello. Además, Moscú no excluye adelantar las elecciones presidenciales en el país, tal y como mencionó el viceministro ruso Mijaíl Bogdánov.
Simultáneamente, además de una posible escalada del caos en Siria, Moscú evalúa otras consecuencias de su acción en el Consejo de Seguridad.
Los Estatutos de la ONU, como permanentemente subrayan los diplomáticos rusos y chinos, no prevé la injerencia en los asuntos internos de los estados. William Luers, expresidente de la Asociación de Respaldo a la ONU en los EE UU, está de acuerdo. Escribe en revista Foreign Affairs que aquello que ahora propone EE UU y una serie de países árabes en relación con Siria, “no es un principio del Estatuto, sino la interpretación del Estatuto hecha por Kofi Annan”, el exsecretario general de la ONU, en 1994 durante la regulación de la crisis en Ruanda. Luers está convencido de que Rusia y China no aceptarán este enfoque, pese al respaldo que la resolución ha recibido por parte de otros países.
Esto lo confirma Lavrov, que en una conferencia de prensa del pasado 15 de febrero en Viena, declaró: “Este es un problema que atañe a la amplia región de Oriente Próximo y África del Norte, a muchos otros países vecinos y, si se quiere, a las propias bases de la actual estructura mundial. El futuro del sistema internacional dependerá de cómo reaccione a este conflicto la comunidad internacional, es decir, de la medida en la que nos adhiramos a los principios fundacionales de la ONU”.




