
La experiencia de los últimos doce mesesdemuestra que las tendencias positivas en las relaciones internacionales se están fortaleciendo. Imagen de Alexéi Yorsh
No hay duda de que, además de su aspecto creativo, estos procesos tienen un lado negativo: el desmoronamiento de las percepciones establecidas, de los factores que se consideraban valores constantes en el anterior sistema de coordenadas que surgió en el período de posguerra y siguió existiendo por inercia en la abrumadora mayoría de las elites políticas mundiales en los últimos veinte años. Inercia es quizá la definición más precisa de una realidad que no era más que vanas ilusiones.
Uno no puede dejar de preguntarse cómo fue que este autoengaño pudo sobrevivir tanto tiempo tras el fin de la Guerra Fría que, como han comprendido muchos, marcó el fin del viejo mundo y el demorado comienzo del mundo nuevo, ya bautizado como un mundo “rápidamente cambiante”. Como escribió el especialista estadounidense Leslie Gelb en la revista Foreign Affairs, en Occidente muchos habían cometido un error fundamental al evaluar la situación cuando terminó la Guerra Fría. Esto es comprensible porque, como cualquier acontecimiento histórico, este no podría haber sido previsto ni intelectual ni políticamente. En efecto, no sólo se había alterado el equilibrio geopolítico del mundo sino que además se había eliminado la competencia entre diferentes modelos de desarrollo, aun cuando fuese momentáneamente y sólo en el nivel de las ilusiones. La falta de competencia contribuyó a una sensación de “fin de la historia” y una complacencia que a su vez engendró tendencias autodestructivas en las políticas internas y externas de una serie de estados.
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Como consecuencia de ello, había una gran similitud entre los principales actores internacionales, que en su totalidad veían una brecha cada vez más angosta entre los objetivos de política exterior declarados y los recursos disponibles para alcanzarlos, a tono con la sentencia: “no hay que gastar más de lo que se tiene”. Este tipo de convergencia hizo mucho por promover una agenda unificadora y positiva en las relaciones internacionales. La actitud hacia esa tendencia clave puede oscilar entre un rechazo total y un deseo de vivir en el propio mundo engendrado por un complejo de mitologías, instintos y prejuicios nacionales. Yo, sin embargo, pienso que esa tendencia encierra la promesa de superar las contradicciones actuales entre diversos países y grupos de países, incluidos los Estados Unidos y la Unión Europea, los países del BRICS y todo un conjunto de importantes potencias regionales. Los formatos para resolver esas contradicciones son el Consejo de Seguridad de la ONU, donde muchos de esos países están representados, pero también estructuras más amplias como el G8 y el G20.
Otra señal optimista que caracteriza a las relaciones internacionales modernas es la creciente tendencia a que la política exterior está cada vez menos basada en la ideología. Este enfoque pragmático tiene amplio reconocimiento entre casi todos los principales actores internacionales, incluidas la UE, Rusia y China. Gran Bretaña no es la excepción. Yo atribuiría el inicio de la normalización de las relaciones ruso-británicas al deseo de afirmar intereses nacionales pragmáticos –como una constante de la política exterior- y de propiciarlas a través de la diplomacia de redes diversificadas. No hablamos de asimilar a Rusia o Gran Bretaña a tal o cual sistema de alianzas, calificadas en un momento de “enredos europeos”.
Fedor Dostoievski, en su famoso Discurso de Pushkin de 1880, dijo que Rusia tenía la misión de promover “la resolución definitiva de las contradicciones europeas”. Durante la época soviética, Rusia llevó a cabo esa tarea de manera brillante respecto de los países de Europa occidental. Ahora ha llegado el momento de abordarla a escala europea, es decir, en el nivel de todos los estados miembros de la OSCE. Esa es la principal fuerza propulsora de la idea de crear una comunidad de seguridad euro-atlántica y euro-asiática, que recibió apoyo en la reunión de ministros de Relaciones Exteriores de la OSCE en Astana hace un año. La reciente reunión de cancilleres de la OSCE en Vilnius y, de hecho, las conversaciones sobre el sistema europeo de misiles antibalísticos han demostrado que el objetivo es más fácil de enunciar que de cumplir.
Con todo, la experiencia de los últimos doce meses, por decepcionante que sea, demuestra que las tendencias positivas en las relaciones internacionales se están fortaleciendo y que toda alternativa, como la de acciones contrarias a las leyes internacionales, que pase por alto al Consejo de Seguridad y a la política de consenso en general se está tornando más cara. Difícilmente haga falta ser más específico pero es de esperar que el mundo y cada país en lo individual se hallen en los umbrales de una revisión radical de los valores de la política interior y exterior –y eso constituye un fundamento sólido para el optimismo respecto del futuro del mundo el año que viene-.
Alexánder Yakovenko es embajador de la Federación Rusa ante el Reino Unido, fue viceministro de Asuntos Exteriores de Rusia en 2005-2011




