Fotos de Anna Matvéeva
Según Daniel, el constructivismo soviético de la década del 20 del siglo pasado ejerció una especial influencia en su visión como fotógrafo. Él encuentra sus huellas en las ciudades contemporáneas, antes en Londres y ahora en Moscú. En los trabajos de Hernández los fragmentos de edificios se enfrentan bajo tal ángulo que los propios moscovitas no reconocen su ciudad natal. Por lo visto, a ellos esto les gusta, no en vano uno de los visitantes de la exposición le propuso al colombiano compartir con el nuevo alcalde de la ciudad sus ideas sobre la imagen de la capital, sobre cuyas modernas construcciones se discute tanto.
| Dónde tuvo lugar el hecho la exposición se ubicó en el Instituto Cervantes de Moscú, donde hace un par de años se presentó la colección de objetos de oro de Venezuela, que consolidó para el instituto la reputación no sólo de centro de la cultura hispana sino también como lugar de encuentro con América Latina. A propósito, la exposición “dorada” fue recibida en el instituto con precaución: no sabían si el sistema de custodia era lo suficientemente bueno. Sin embargo, por palabras de los curadores venezolanos, “el robo hubiera venido bien ya que todos los exponentes están asegurados y el ruido no nos molestaría”. En esta oportunidad, los invalorables objetos de oro restaron en manos de sus dueños legítimos y no se produjo ningún ruido. En cambio, el instituto se recomendó a los ojos de las embajadas y curadores latinoamericanos y comenzó a “enriquecer” a sus visitantes con nuevos artistas de esta región. |
Además del aparato fotográfico y la computadora, Daniel utiliza en su trabajo alambre de construcción y pinturas con las que se han ejecutado diversas naturalezas muertas. Con ellos se ha ejecutado el “Estudio de Torre Tatlin”, recreando el trabajo de Vladímir Tatlin, uno de los artistas principales del vanguardismo ruso. La torre debía ser el símbolo de la reunificación de la humanidad, dispersa desde la construcción de la Torre de Babel. El poder soviético rechazó la realización de este grandioso proyecto, sin embargo en el marco de la velada la torre del colombiano cumplió con su cometido: se acercaron a conocer al artista tanto en inglés y español como en ruso.
Para la admiración general, uno de los visitantes ejecutó para el lejano huésped un par de canciones populares rusas y en respuesta le pidió al mismo Daniel que cantara. Por desgracia, el folklore colombiano fue dejado para una siguiente oportunidad, en cambio durante toda la velada sonó el violín en manos de una solitaria muchacha parada en un rincón. Aunque para trabajos como “Deconstrucción cúbica” o “Tensión lineal” vendría bien la música electrónica ambiental, precisamente las melodías líricas al estilo del minueto de Boccherini advertían que incluso en este fracturado espacio pueden existir las emociones.
La tensión de las frías líneas en las fotografías fue eliminada por los graciosos trabajos en el género de instalaciones de objetos como por ejemplo “Flor de paraíso”, realizada en botellas de plástico de líquidos detergentes, o “Brotes de vida” con vasitos descartables, sembrados con pétalos de floridas etiquetas de papel.
El espacio en Hernández se convierte en un material para ejercitaciones y estudios, como por ejemplo “Universo expansivo”, que representa un rojo globo flotando bajo el techo, lleno hasta la mitad de agua. El movimiento apenas perceptible del improvisado universo apunta que los rotos ángulos de los edificios en las fotografías poseen su propio ritmo que supone movimiento, aunque no siempre este sea visible para el hombre común.
En una palabra, la única imagen humana en la exposición fue “Raskólnikov”. El héroe de Dostoievski, según Daniel, representa en sí mismo una típica plasmación del ruso, un hombre energético, sumergido en sus pensamientos, a veces demente. “Representar a Raskólnikov en América Latina es imposible, en cambio en Rusia a veces veo semejante gente por las calles –relata Daniel-. Lo más asombroso es que lo encontré en la calle y no hice nada con él, simplemente lo traje a casa”.
Pareciera que precisamente la figurita de Raskólnikov hace del espacio impreso en las fotografías un lugar de búsqueda de respuestas a las eternas preguntas. Es posible que las respuestas a ella las conozcamos en la siguiente exposición de Hernández.
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