Las islas Solovkí | Rusia Hoy (América Latina)

Solovkí sirvió de punto de partida para la colonización rusa del Norte. Llevando una vida casi independiente, el monasterio era rico e influyente, tenía sus escuelas, fábricas, su ejército y su marina, mientras que su biblioteca era una de las más valiosas en la Rusia de los zares. Sin embargo, la revolución socialista de 1917 dejó el monasterio saqueado y desolado. En los años 20 del siglo pasado en el lugar se fundó el Campo de Prisioneros Especial de Solovkí (SLON, en sus siglas en ruso), el primero de la extensa red de campos de concentración que más tarde iba a cubrir todo el territorio de Rusia. Cuando se desencadenó la Segunda Guerra Mundial, en Solovkí se organizó un colegio para niños abandonados con el fin de formarlos como grumetes para la Marina del Norte.

Sin embargo, su época más triste ya es parte del pasado. Hoy en día allí viven monjes y las islas se han convertido en una de las atracciones turísticas más importantes de Rusia debido a la bellísima naturaleza nórdica de estos parajes vírgenes, pero también a la decisión de la UNESCO de conferirles el estatus de Patrimonio de la Humanidad.

Ahora el monasterio vuelve a tener su propia flota: unas lanchas adornadas con iconos ortodoxos que transportan a los peregrinos y a los turistas. En la misma hostería del monasterio hay una huerta donde crecen flores y verduras. También hay un horno de pan en el que se hacen unas empanadas riquísimas. Por cierto, las islas conservan un arte olvidado en Rusia desde hace mucho tiempo: el de hacer melindres “esculpidos” de jengibre, denominados “kozuli”. Se venden aquí en cualquier tienda de souvenirs: casitas de melindre, búhos, osos, ciervos, ángeles e incluso carrozas con cocheros, todos pintados y glaseados.

Los habitantes de las islas se mueven por las Solovkí en sus viejos UAZ, los todoterrenos soviéticos,  y en nuevos quads de importación. Esto último sólo lo hacen los más adinerados. Los que tienen menos dinero eligen la bicicleta. Para moverse por las turberas y por la nieve, los habitantes locales construyen una especie de todoterrenos con enormes ruedas hinchables llamadas “karakat”. Un taburete en lugar de asiento, y una cabeza de oso pintada delante, casi un tótem.

Casi toda la población de Solovkí trabaja para el monasterio o en el sector servicios estructurado para los turistas y los peregrinos. María Nikíforova, de 55 años, va  todos los días al amarradero como si de un puesto de trabajo se tratara. Lleva en las manos un letrero de chapa de madera que dice “una habitación con comodidades”. La habitación que publicita se encuentra en una simple casa de pueblo con una estufa de leña. Dentro hay cinco camas metálicas con colchones. Es para “la temporada alta”, que aquí cae en julio y agosto. En junio todavía hace demasiado frío y en septiembre ya hace DEMASIADO frío. Las camas son diferentes en cuanto a su aspecto, María las recogió por las casas derribadas y abandonadas del pueblo. Las “comodidades” prometidas consisten en un retrete de madera con un agujero en el suelo. Hay pocos hoteles en el pueblo, y la mayoría de los turistas son mochileros poco exigentes o peregrinos cristianos. Durante la temporada alta, María se va a vivir a casa de unos parientes, también con poco espacio.

Al lado de las casas desfiguradas hay motos o camiones abandonados. Pero la mayoría de las viviendas están habitadas. Hay ropa que se seca al viento. Tendrá que pasar mucho tiempo colgada así porque el sol se asoma poco en Solovkí y una simple camisa húmeda puede tardar varios días en secarse.

Después del desmoronamiento de la URSS, la mayoría de los habitantes locales se marchó al continente porque en las islas no había trabajo. Sin embargo, ahora cada vez más gente se vuelve a instalar aquí. Para muchos, Solovkí es el sitio del renacimiento de la cultura y la espiritualidad tradicionales rusas. Algunos llegan a construir en su granero barcos según los planos holandeses de la época de Pedro I. Otros intentan hacer revivir la artesanía olvidada: fabrican las tradicionales camisas con el cuello a un lado, hacen recipientes de barro o cincelan madera.

Además, las islas Solovkí atraen a los amantes de lo esotérico y a los partidarios de la teoría de los “paleocontactos”. En las islas se conservan antiguos laberintos de piedra cuya función todavía es desconocida. La mayoría de los investigadores considera que se trataba de santuarios de las tribus locales de pescadores, que llevaban a cabo aquí sus ritos religiosos. Pero los aficionados a la ufología están seguros de que los laberintos son el fruto del trabajo de los extraterrestres o, como mínimo, de una potente civilización antigua. Los turistas deambulan por los laberintos esperando llegar a un estado de iluminación especial o intentan meditar sentados en el centro de esta espiral de piedra. “¡No se puede entrar con pantalón blanco!” alecciona el esotérico experimentado al aficionado y a una chica que intentan entrar en el laberinto. “¡Tu energía no tendrá un color adecuado!”

La iglesia no ve con buenos ojos estos laberintos paganos, pero al menos no los destruye. Un viaje en una lancha de la iglesia, que incluye la visita a los santuarios paganos, forma parte de la lista de visitas guiadas que se proponen a los peregrinos.

Cada domingo es fiesta en el pueblo. Hay una procesión alrededor del monasterio, con canciones y estandartes eclesiásticos. Tañen las campanas, los feligreses llevan iconos y los curas salpican a los reunidos con agua bendita.

Parece que todos los habitantes de la isla participan en esta marcha. Aquí, en Solovkí, ser creyente es fácil. Todo contribuye a ello: las cúpulas del monasterio son visibles desde cualquier parte de la isla, el tañido melodioso de las campanas, la naturaleza austera, severa y la lejanía de las tentaciones mundanas concentradas en las grandes urbes. En las tiendas de las iglesias los feligreses pueden adquirir iconos, amuletos, literatura para la salvación del alma e incluso cinturones para el pantalón con oraciones escritas encima. ¡Qué cómodo! Uno se levanta por la mañana, se pone el pantalón y ya tiene una acción piadosa en la lista del día.

Una de las atracciones más importantes de Solovkí es la iglesia-faro del monte Sekírnaia. En su cima, bajo la cruz, hay una enorme lámpara de faro que sigue en funcionamiento. Todo lo que está debajo de la lámpara se considera propiedad del monasterio, mientras que la lámpara en si pertenece al Ministerio de Defensa, por lo tanto, no se puede subir hasta ella debido a que representa un objeto estratégico.

La vegetación nórdica de Solovkí tiene un encanto propio. Aquí crecen árboles enanos y las piedras se cubren de musgo secular. Al lado de la costa chapotean largas algas, y da la impresión de que una sirena está a punto de salir del agua. Lamentablemente, las sirenas aparecen poco por aquí, lo más seguro es que las asuste el cementerio de oxidadas barcazas pesqueras. Sobre el mar vuelan gaviotas bien alimentadas que no tienen ningún miedo al hombre. Son los turistas los que las han cebado: las gaviotas mendigan descaradamente y arrancan las migas de pan de las manos. Parece que por primera vez en muchos años se ha dejado de pasar hambre en Solovkí.