La prueba siria de solidez del Estatuto de la ONU | Rusia Hoy (América Latina)

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La resolución es importante: este documento, a pesar de su carácter de recomendación, puede ser el precedente que permita fundamentar la injerencia en los asuntos internos bajo la égida de Naciones Unidas.

Por una ironía del destino, la votación transcurrió en el primer aniversario del comienzo de las protestas masivas en Libia. Hace un año, la reacción de la ONU fue bastante operativa. En el curso de un mes entonces fueron adoptadas dos resoluciones del Consejo de Seguridad, dirigidas aparentemente a la defensa de la población civil cuando en Libia había comenzado a encenderse la guerra civil. Sin embargo, el régimen de zona de exclusión de vuelos sobre Libia, creado con estos fines, fue utilizado para el respaldo aéreo a la oposición.

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Según una serie de observadores, esto fue en realidad una intervención que no estaba prevista por el Consejo de Seguridad. Muammar Gaddafi no tenía qué contraponer al poderío unificado de la aviación de la OTAN y luego de medio año de resistencia el régimen cayó. El propio Gaddafi fue linchado. El país resultó, en esencia, dividido entre grupos armados conformados por un principio territorial y tribal, que sólo nominalmente se subordinan al gobierno central.

Una situación análoga, al parecer, puede repetirse también en Siria, donde ya hace casi un año que continúan las protestas antigubernamentales.

Sin embargo el 4 de febrero, además por segunda vez en los últimos cuatro meses, Rusia y China, como miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, bloquearon la resolución que incluía trampas jurídicas para la repetición del escenario libio. Sus desilusionados autores no contuvieron sus emociones en las críticas a la decisión de Moscú y de Pekín.

El ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, calificó esta reacción en las capitales occidentales ante el veto ruso-chino como “cercana a la histeria”. Sin embargo los partidarios de una dura línea en relación con Siria tienen planes bastante racionales. La secretaria de Estado de los EE.UU., Hillary Clinton, al principio de la corriente semana declaró a los periodistas que los EE.UU. activan su política de sanciones económicas en relación con el régimen de Bashar Assad, fortalecerán el respaldo a la oposición y se ocuparán de movilizar la opinión pública en su favor. La última votación en las Naciones Unidas va encaminada precisamente a eso.

Como declaró Vitali Churkin, representante permanente de Rusia en Naciones Unidas, al intervenir en la Asamblea General, el proyecto de resolución “es el reflejo de la tendencia, preocupante para nosotros, que intenta aislar el gobierno sirio, rechazar cualquier tipo de contactos con él, imponer desde afuera la fórmula de regulación política”.

Es totalmente evidente que Rusia y China continuarán el curso encaminado a establecer un diálogo político entre Damasco y la oposición. El referéndum convocado para el 26 de febrero sobre la nueva Constitución siria, así como las elecciones parlamentarias a efectuar en marzo abren posibilidades para esto. Moscú, además, no excluye adelantar las elecciones presidenciales en el país, lo cual fue mencionado por el vicecanciller ruso Mijaíl Bogdánov.

Sin embargo, en un intento por distanciarse del escenario libio, que amenaza a esta Siria multinacional y multiconfesional sólo con el auge del caos, Moscú evalúa consecuencias más alejadas.

El Estatuto de la ONU, como lo subrayan permanentemente los diplomáticos rusos y chinos, no prevé la injerencia en los asuntos internos de los Estados. William Luers, expresidente de la Asociación de Respaldo a la ONU en los EE.UU., está de acuerdo con esto. En las páginas de la revista Foreign Affairs señala que aquello que ahora proponen los EE.UU. y una serie de países árabes en relación con Siria, “no es un principio del Estatuto, es la interpretación del Estatuto hecha por Kofi Annan”, el exsecretario general de la ONU en 1994, durante la regulación de la crisis en Ruanda. Luers está convencido de que Rusia y China no aceptarán de ninguna forma este enfoque, pese al respaldo que la resolución ha recibido por parte de otros países.

Esto lo confirma también el canciller Lavrov, quien el pasado 15 de febrero, en una conferencia de prensa en Viena, declaró: “Este es un problema que atañe a la amplia región del Cercano Oriente y de África del Norte, a muchos otros países vecinos y, si se quiere, a las propias bases de la actual estructura mundial. Porque de cómo habrá de reaccionar a este conflicto la comunidad internacional depende el futuro del sistema internacional, de esto habrá de depender en qué medida nos adherimos a los principios fundacionales del Estatuto de la ONU”.

Andréi Iliashenko es autor de la revista Nóvoe Vostóchnoe Obozrenie (El Nuevo Observador Oriental). Escribe sobre temas de política y seguridad internacional.