En la breve historia del «capitalismo bolchevique», como norma, Iosif Stalin es quien recibe el papel fatídico como responsable por elegir el camino de la ruptura revolucionaria de todos los soportes en lugar de decidirse por un desarrollo evolutivo. Entre tanto, en realidad fue precisamente durante el postrevolucionario «deshielo» de la NEP que maduraron todas las condiciones económicas y principalmente mentales para el «enfriamiento» stalinista, que culminó con la instauración de una crudelísima dictadura y de un terror masivo.
Desencanto con la revolución
Al final de la Guerra Civil, cuando los principales enemigos de los rojos (en la confrontación armada, el bando revolucionario se llamó «rojo» y el contrarrevolucionario «blanco») fueron total y definitivamente derrotados, los bolcheviques estaban lejos de poder considerarse triunfadores. La victoria tuvo un costo demasiado elevado: el país fue devastado por una guerra prolongada, en cuatro años la población se redujo en más de diez millones de habitantes, la producción industrial cayó siete veces y la agrícola en una tercera parte. Pero lo más importante fue que el pueblo experimentó una enorme desilusión con el nuevo poder, al que respaldó durante la guerra civil principalmente por odio al viejo régimen.
Testimonio visible de la creciente insatisfacción fueron las numerosas insurrecciones campesinas. En 1921 participaron en ellas decenas de miles de campesinos. Lo más peligroso era que a la cabeza de estas recidivas “pugachovianas” de destilación soviética (Emelián Pugachov fue el líder de una gran revuelta campesina a finales del siglo XVIII) se encontraban los antiguos guardias rojos, quienes en sus bayonetas habían conducido a la victoria a los adláteres de Lenin. Desmovilizados y retornados a sus aldeas natales, descubrieron que sus escasas cosechas eran confiscadas por los comisarios bolcheviques, los mismos por quienes ellos, durante años, habían derramado su sangre. No es de asombrarse que los soldados de la revolución se hubieran sentido cínicamente engañados y que por lo tanto su experiencia militar hubiera complicado significativamente la lucha contra el movimiento campesino insurrecto.
La sublevación de la base naval de Kronshtadt, en marzo de 1921, fue una auténtica conmoción para el régimen. Contra los bolcheviques se alzó la flor y nata de la revolución: los marineros de la Flota del Báltico. El efecto psicológico fue colosal, pese a que León Trotski (jefe del Comité Militar Revolucionario de Rusia) afirmaba que los auténticos marineros del Báltico habían perecido en los frentes de la guerra civil y la sublevación había sido armada por reclutas campesinos «sin conciencia». En contadas semanas la noticia sobre el alzamiento de Kronshtadt se expandió por todo el país y la gente común ya murmuraba que su ejemplo sería seguido por otras unidades militares regulares.
Incluso pese a que se logró aplastar rápidamente el motín y el «contagio» no se extendió, Lenin comprendió que no se podía seguir viviendo a la antigua. No se logró construir el comunismo de un salto, eran imprescindibles las reformas liberales.
Del déficit a la privatización
Sin entender los refinamientos macroeconómicos, los ciudadanos experimentaron todo el peso de los problemas económicos del país por un simple y evidente factor: el déficit de los artículos más imprescindibles. Conseguir algo sólo era posible en el mercado negro a precios por las nubes. Teniendo en cuenta que el pago de los sueldos era un procedimiento, hablando suavemente, no demasiado brillante, una multitud de habitantes urbanos se encontraba al borde de la muerte, hablando en el sentido más literal.
Lo único que permitía no sobrepasar esta línea era un abastecimiento relativo de pan. Pero también era asegurado a costa de un precio excesivamente elevado: en los años de guerra el cereal era confiscado a los campesinos en forma violenta, por precios establecidos por el estado y en cantidades que se considerasen necesarias. Esta era la esencia del impuesto en productos. Como resultado de ello la aldea era hambreada y antes de extinguirse peleaba con los bolcheviques, con lo que la provisión de pan en las ciudades era cada vez menor. En un intento por detener la guerra con su propio pueblo y evitar aunque fuera el déficit de pan, los bolcheviques declararon en marzo de 1921 el reemplazo del impuesto en productos por un impuesto alimentario, un determinado porcentaje de la cosecha recogida. Los campesinos recibieron el derecho a comerciar con el sobrante de los productos en el mercado libre y también fue permitido el libre comercio con otros artículos de consumo masivo.
Gracias a estas medidas la NEP resolvió sobre la marcha y de inmediato dos tareas: literalmente en contados meses insufló nueva vida a la aldea y al mismo tiempo salvó a los ciudadanos de sumergirse en una nueva edad media si no en la hambruna. Arkadii Raikin (un gran humorista satírico soviético) recordaba que con la implantación de la NEP las vidrieras de los negocios prácticamente en un día se llenaron de diversos artículos. Para la gente, que se había acostumbrado a lo largo de varios años a las continuas colas y al déficit, esto resultó ser un auténtico shock.
En el tiempo que siguió a esto, los bolcheviques llevaron a cabo toda una serie de reformas liberales: privatizaron la industria pequeña y en parte la mediana, legalizaron las empresas privadas pequeñas, abrieron las bolsas, recrearon las viejas ferias prerrevolucionarias, introdujeron una divisa fuerte: el chervonetz, que en los mercados occidentales valía cerca de cinco dólares norteamericanos, etc. Como resultado del nuevo curso bolchevique, en la aurora de la historia soviética en Rusia apareció una nueva clase de hombres de negocios que recibió el mote de «NEPmen».
Los primeros «nuevos rusos»
La revolución y la Guerra Civil exterminaron la vieja estructura social. Los peces gordos de las finanzas y la industria de tiempos anteriores, prerrevolucionarios, resultaron apartados de todo: en su mayoría, luego de octubre de 1917, se apresuraron a emigrar al extranjero y los menos cuidadosos terminaron su vida en las prisiones y en los primeros campos de concentración soviéticos.
Los «NEPmen» no fueron los herederos de los empresarios de la época zarista, ellos crecieron antes que nada de los especuladores que, en los años de la Guerra Civil, se habían apropiado del mentado mercado negro urbano. Allí, los más exitosos resultaron ser, como norma, los astutos y avispados emergentes del elemento criminal. Los más encumbrados de ellos ya en los años de la guerra habían acumulado una enorme fortuna prestando “servicios” en la provisión del Ejército Rojo, cuyos comandantes no tenían tiempo para esperar que los burócratas soviéticos cumplieran con su tarea.
Muchos empleados «medio pelo» soviéticos y del partido se convirtieron, con el transcurso del tiempo, en «NEPmen» informales. Por cuanto el emprendimiento privado incluso en el momento de mayor florecimiento de la NEP se encontraba bajo el severo control del estado bolchevique, esta gente se dio cuenta rápidamente que su posición creaba las condiciones más favorables para desplegar el negocio y, lo más importante, para liquidar a los competidores. Como resultado de ello, los parientes de los «apparatchik» (como se dieron en llamar los funcionarios de las estructuras soviéticas y del partido) abrieron nuevas empresas y aquellos les aseguraban un régimen de mayor favorecimiento.
Entre los «NEPmen» también se encontraban los llamados renacidos: hasta ayer proletarios y hoy, con la instauración del libre negocio, lanzados sin miramientos a la vorágine de la especulación, del negocio bursátil y del emprendimiento privado. Hasta hacía muy poco esta gente repartía un pedazo de duro pan con sus camaradas en una fábrica semiderruida y ahora se ufanaban en sus trajes de moda, compraban caros cigarros y agasajaban a las damas en las terrazas abiertas de los restaurantes más caros. Todo esto ante los ojos de sus viejos amigos, que resultaron ser menos avispados.
El impacto psicológico que se produjo en las mentes de los vividores inmediatamente después de la implantación de la NEP, por lo visto, resultó demasiado fuerte. Los ciudadanos de la Rusia Soviética, durante los años de la Guerra Civil acostumbrados a sentirse parias, pero equitativamente parias, no podían resignarse de ninguna manera con que antes sus ojos florecían espléndidas flores de riqueza y lujo.
El paraíso consumista
Al soviético común la NEP le brindó la chance de experimentar sobre sí mismo lo que significa la «sociedad del consumo»: en las góndolas aparecieron artículos, surgió la posibilidad de ir al teatro o al cabaret, cortarse el pelo «a la parisienne», hacerse las manos o visitar al pedicuro y, en caso de desearlo, utilizar casi legalmente los servicios de muchachas de conducta liviana.
El tempestuoso crecimiento de la economía, asegurado por las reformas de la NEP, por el efecto restaurador de postguerra y por la favorable coyuntura en materia de comercio exterior, permitió que un número cada vez mayor de ciudadanos soviéticos se incorporara a estos bienes de la civilización burguesa. Ellos obtuvieron la posibilidad de acceder a una vida que, hasta la Primera Guerra Mundial y la revolución era, para muchos, un sueño inalcanzable. No es casual que la palabra «prebélico» en aquel tiempo se convirtió en una especie de signo de calidad: hecho como antes de la guerra, es decir, hecho con calidad.
El problema, empero, residía en que no todos tenían los recursos para alcanzar el paraíso consumista. Para aquellos que podían permitirse aunque fuera algo, la paja en el ojo era la gente que tenía dinero para todo.
Había quejas también para la forma en que los «NEPmen» manejaban la cosa. Era sabido que los «privados» pagaban mejor, pero a cambio economizaban en condiciones de trabajo: reducían al mínimo el descanso de los trabajadores y con frecuencia no calefaccionaban las instalaciones en invierno.
Aunque en realidad la mayoría de los «NEPmen» vivían en promedio una tercera parte más ricos que el trabajador común, la figura del hombre de negocios soviéticos se tornó muy rápidamente en objeto de odio generalizado.
En los años de la NEP, con la revitalización del comercio se revitalizó también la publicidad.
Los «honestos bandidos» contra los «NEPmen»
El folklore urbano de aquel tiempo está lleno de historias sobre los Robin Hoods soviéticos al estilo de Lenka Panteléiev, quien aparentemente sólo asaltaba a los ricos y todo lo saqueado lo repartía entre los pobres. Es característico que tal honesto bandido era con frecuencia presentado como un marinero revolucionario, el símbolo de la revolución. Cada vez un mayor número de soviéticos comenzó a considerar la NEP como una traición a las ideas de la revolución, la más importante de las cuales en la conciencia de masas era la igualdad general.
Sobraban los reclamos y las quejas sobre los «NEPmen» también entre la intelectualidad rusa. El nuevo rico, no demasiado cargado de cultura, como norma, resultaba para los intelectuales un símbolo de vulgaridad e incultura, portador de la miserable psicología del vividor. Los apologetas de las ideas elevadas sobre la igualdad no podían resignarse de ningún modo a que la victoria de la revolución hubiese lanzado a la cresta de la ola de la vida precisamente este tipo de gente. Su aporte a la salvación del país y a la restauración de su torturada economía no conmovía especialmente a los intelectuales revolucionarios.
El joven negocio soviético, sin haber podido fortalecerse como era debido y pararse sobre sus pies, ya se había convertido en objeto de un cruel odio por parte de los ciudadanos de la nueva Rusia Soviética. Es posible que, si el Estado hubiese querido preservar a los “propietarios eficientes”, ellos hubieran podido defender sus derechos e incluso con el tiempo romper esa relación que la sociedad tenía para con ellos. Pero los burócratas soviéticos estaban plenamente satisfechos con el imperante estado de las cosas. Tras lucrar con los negocios en el momento más difícil del desarrollo del país, tras salvarse de la crisis, los bolcheviques no deseaban más aceptar competencia alguna por el control sobre la economía del país.
El exterminio total
Pese a que Lenin prometió una NEP «en serio y por largo tiempo», los bolcheviques desde el propio inicio limitaron el área de su accionar. La Nueva Política Económica, en esencia, fue reducida al comercio privado y a la pequeña industria. El Estado bolchevique se reservó el monopolio sobre el comercio exterior, como resultado de lo cual la actividad de negocios rusa quedó totalmente aislada y privada de la posibilidad de avanzar al mercado mundial. Pero lo más importante fue que la industria pesada quedó por completo estatizada. Las cifras son elocuentes: en manos de los grandes empresarios privados, a mediados de la década del 20, se encontraba apenas el 1% del ingreso nacional y además entre ellos no había ninguno que no hubiera sido sometido a responsabilidad penal. Los bolcheviques controlaban de cerca que en el país no apareciera siquiera un símil de oligarca que pudiera ejercer una seria influencia sobre la vida política nacional.
El estado también presionaba sobre el pequeño y mediano emprendimiento, aumentando permanentemente los impuestos. Pero incluso pese a esto, el pequeño negocio resultaba regularmente más expeditivo que la burocracia y el mercado trabajaba sensiblemente con mayor eficiencia que el sistema estatal de distribución. Pero si con la presión administrativa y económica los «NEPmen» podían todavía arreglárselas, eran impotentes para afrontar las represiones políticas. Ese tiempo comenzó en la segunda mitad de la década del 20.
Para ese momento, el partido bolchevique había sufrido cambios significativos. Desde el mismo comienzo, la liberalización económica se conjugaba con el fortalecimiento de la dictadura política. Fueron aplastados todos los restos de la oposición, reforzados los organismos de la ChK («Comisión Extraordinaria», presidida por Félix Dzerzhinski, era la encargada de reprimir todo intento opositor y fue la antecesora del NKVD –Comisariato Popular de Asuntos Internos- y posteriormente el KGB –Comité de Seguridad Estatal), se lanzó una activa ofensiva contra la iglesia.
Al mismo tiempo, dentro del propio partido se desarrollaba una cruel lucha por el poder. Además, cuanto más se avanzaba tanto mayor era la disputa, dirigida hacia el total exterminio del contrincante (por cierto, por el momento no físico). El partido leninista ya antes había sido acusado de sectarismo y ahora la absoluta intolerancia hacia la opinión del oponente se convirtió en norma de su vida interna.
Iosif Stalin salió vencedor en todas estas crueles rencillas, debido a que precisamente se sentía como pez en el agua en esta situación. A mediados de la década del 20, cuando se convirtió en dueño prácticamente único del partido, la economía de la Rusia Soviética había ascendido al nivel prerrevolucionario en todos los indicadores fundamentales. Sin embargo, para el siguiente envión había que definirse: ampliar la NEP y, por consiguiente, el nivel de la libertad social, o bien, por el contrario, utilizando el bienestar material acumulado en los años de la NEP, comenzar a construir una economía de movilización y represiva.
La elección por Stalin del segundo camino correspondía por completo a su ambición personal de dictadura total y a la lógica interna de la ideología bolchevique, la que desde el mismo inicio de la NEP presuponía que el Estado tarde o temprano desplazaría al «privado» y, finalmente, respondería a las aspiraciones de una importante parte de la población del país, que odiaba a los «NEPmen». Esta gente servía de testimonio vivo de que en el país soviético podían existir enemigos no sólo externos sino internos, criados en casa. Esta firme convicción de un significativo sector de ciudadanos soviéticos en apenas unos años se convertiría en una inapreciable arma del stalinismo al acometer el terror masivo. Por ahora, en calidad de un amenazante índice, la aplastante mayoría de los «NEPmen» había sido enviada a las cárceles, a los campos o fusilada y las ideas de construcción del capitalismo en Rusia una vez más fueron totalmente desacreditadas.




