El viernes 20 de enero dio una charla en el Centro Cultural Borges, planteando la posibilidad de fusionar la fotografía artística con la documental. A través de las imágenes expuso a los asistentes una historia que no dejó indiferente a nadie…
Su proyecto Campos de Frutilla causó bastante impresión en los que se reunieron para escuchar la charla…
Bueno, creo que estuvo acorde con la idea de la Bienal: sensibilizar al público en cuanto al tema de infancias problemáticas. Supongo que por lo mismo la exposición ha sido orientada a trabajos realizados por mujeres fotógrafas. De alguna manera, estamos más cerca de cuestiones, relacionadas con la maternidad y la infancia.
Sí, la Bienal de este año ha sido organizada en beneficio de fundaciones, como Save The Children y FLENI. ¿Qué tan cerca estuvo usted de los chicos huérfanos, retratados para Campos de frutilla?
Conviví con ellos durante un mes en un campamento de verano en los alrededores de la ciudad de Tula. Fue en 2009… Al principio sólo iba a sacar fotos, pero no me pude mantener al margen y terminé trabajando como educadora voluntaria.

Fotos de Katia Demídova
¿El proyecto fue pensado como una especie de denuncia social? Las cabañas en las imágenes se ven tan viejas, los muebles tan gastados y la ropa tan desteñida…
Sí, la idea era llamar atención hacia el problema de la orfandad en Rusia y mostrar el vacío, la angustia que rodean a estos niños, reflejar algunas de sus actividades diarias e intentos por sobrevivir. La mayoría de ellos son lo que se llama “huérfanos sociales” o sea hijos de padres vivos, que fueron privados de sus derechos paternos a causa del alcoholismo o la drogadicción. El mes de convivencia con los chicos me marcó en el sentido de que tuve que pasar por un proceso de revisión de valores. Me di cuenta de que las cosas que nos parecen obvias – tener una casa, una familia, la seguridad de que te quieren – en realidad no lo son. Los niños de “Campos de frutilla” se preguntan día y noche “¿Me querrá todavía mi mamá?”
¿Por qué el proyecto se llama Campo de frutillas?
El campamento de verano estaba en medio del bosque, donde había muchos claros con frutilla silvestre. Estaba prohibido salir del territorio del campamento, pero si había un educador dispuesto a acompañar a los chicos, ellos podían ir y recolectar los frutos. Siempre esperaban estas salidas con impaciencia: planificaban el itinerario, buscaban algún tarro o pote donde poner las frutillas… El orfanato se encuentra en la ciudad, por eso el resto del año los niños viven ahí prácticamente encerrados. Creo este contacto con la naturaleza ha significado para ellos una de las experiencias más intensas de la infancia – en cuanto al colorido e incluso al grado de libertad de movimiento.
Justamente, quise poner en el nombre del proyecto algo que hiciera alusión a un lindo recuerdo de infancia, a algo puro, a una cosa que hablara de la inocencia. Por otro lado, la idea es que el espectador se acuerde de aquel tema de The Beatles: “Strawberry fields forever”. Supuestamente, así se llamaba el orfanato en cuyo jardín le gustaba jugar a Lennon de chico. Eso es de lo que habla la canción.
Este proyecto la ha marcado a Ud. como fotógrafa.
Sí. Me di cuenta de que tenemos que ser responsables por quienes retratamos. O más bien se trata de ser responsable por el mensaje trasmitido a través de las imágenes que generamos. También empecé a pensar en la necesidad de fusionar distintos géneros dentro de la fotografía: por ejemplo, combinando la fotografía artística con la documental para contar una historia.
¿Es cierto que como fotógrafa se formó en Londres?
Sí. En 2005 fui a Inglaterra por dos semanas – a practicar mi inglés – y me quedé por 4 años. Entré a la Escuela de Bellas Artes (Byam Shaw School of Art) londinense y aproveche para estudiar sistemáticamente algo que hacía tiempo quería hacer. Al principio, como todos, le sacaba fotos a cualquier cosa. Después seguí con la fotografía arquitectónica y por último me puse a explorar el enorme potencial significativo contenido en instalaciones visuales… Fue tan apasionante. Estaba aprendiendo a expresarme a través de las imágenes captadas.

Foto de Katia Demídova
A propósito de eso… la Bienal parece hacer un especial énfasis en los trabajos de fotógrafas mujeres. ¿Puede haber una diferencia sustancial entre un hombre y una mujer en la forma de sacar fotos?
Creo que no hay diferencia. El arte de la fotografía no depende del sexo sino de la capacidad de visualizar y la necesidad de decirle algo al mundo. Para mí se trata de un potente medio de expresión, en primer término. El vehículo transmisor para eso es la emotividad, que no es exclusiva de las mujeres. Yo conozco a varios fotógrafos hombres cuyas emociones están muy a flor de piel y las imágenes resultan tremendamente expresivas.
¿Que le pareció Argentina? ¿Es la primera vez que viene?
Sí. ¡El clima es bárbaro! (se ríe) Llevo muy pocos días acá, pero me gusta. Quiero aprovechar el español, que estuve aprendiendo en la Universidad Lingüística de Moscú, y conversar con gente. ¡Que sean muchas personas diferentes! Quiero conocer su forma de pensar.
¿Hay algún proyecto que quiera llevar a cabo acá?
Sí, tengo unas ideas… Pero no están relacionadas con lo urbano o lo social. Creo que se trataría de una serie de autorretratos con la naturaleza de fondo. Que sean las montañas y el mar. Sería una forma de conocerme mejor a mí misma.
Se puede ver más obras en el sitio oficial de K.Demidova
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