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Foto de RIA Novosti
Serguéi Yakutseni, presidente del consejo social de la Agencia Federal de Uso de las Reservas Subterráneas y director general de la empresa pública Geolexpertiza , señala: “Bajo los hielos de la Antártida encontramos un lago inaccesible para el mundo exterior, cuya superficie puede compararse con la de un país pequeño. Allí, durante cientos de miles de años en condiciones de oscuridad total la vida se ha ido desarrollando según guiones completamente distintos que en la superficie de la Tierra. Así que este lago podría ser el Avatar del mundo científico”.
El lago Vostok está oculto bajo hielos antárticos de cuatro kilómetros de espesor y constituye el mayor elemento de este tipo en el mundo. Tiene 250 km de largo y 50 km de ancho y se considera que ocupa el tercer lugar del mundo en cuanto a profundidad. Teniendo en cuenta el hecho de que el lago estuvo durante millones de años aislado de la atmósfera terrestre e incluso de la biosfera, ni siquiera los científicos se atreven a predecir el tamaño ni la estructura de los organismos que pueden habitar en él. Serguéi Yakutseni no excluye la probabilidad de que en el lago se puedan encontrar synbranchiformes o incluso seres ancestrales parecidos a los dinosaurios prehistóricos. Sin embargo, incluso si los investigadores sólo llegan a demostrar la existencia de microorganismos, en cualquier caso se trata de un avance científico importantísimo. Los datos obtenidos sobre el ecosistema permitirán estudiar los cambios del clima en el planeta durante los últimos millones de años.
Un experimento de 20 años de duración
“Es un avance gigantesco: hemos hecho el pozo más profundo del mundo. Además, en condiciones en las que el metal simplemente se deshace en las manos, debido a que se vuelve muy frágil con temperaturas extremadamente bajas”, señala Yakutseni.
Sin embargo, hace tan sólo unos años la suerte de este experimento era incierta. A pesar de que los investigadores rusos habían llevado a cabo trabajos de sondeo en el sexto continente durante más de 20 años, en 1998, según la resolución del Comité Internacional de Investigación Científica en la Antártida, este proyecto fue detenido debido a los debates respecto a la seguridad medioambiental de la tecnología utilizada por el conjunto de investigadores polares rusos y franceses.
Durante largos ocho años, los científicos rusos crearon y defendieron ante la comunidad científica una nueva tecnología. Mientras tanto, los trabajos de sondeo se paralizaron. Sólo a finales de 2006, el perforador de la estación polar Vostok se puso de nuevo en funcionamiento.
llevan a cabo trabajos de sondeo sobre el lago Vostok desde los años 70. Antes de 1990 se hicieron 4 pozos. Sin embargo, como entonces no se llegó a la profundidad deseada de 3.800 metros, hubo que hacer un cuarto pozo, que fue el que finalmente les condujo al éxito.
Un confort mínimo y mucho trabajo
Los investigadores polares rusos que participaron en la expedición para el sondeo del lago Vostok detallaron a RUSIA HOY cómo y en qué condiciones se llevaron a cabo los trabajos. El área de trabajo fue dividida en zonas de sondeo y de vivienda, situadas a una distancia de cien metros entre ellas. La zona de sondeo es una nave aparte de 70 metros cuadrados de superficie y provista de una central eléctrica diesel. Allí se puede encontrar un cabestrante, una torre de sondeo, un taller con máquinas, un almacén térmico, un almacén de instrumentos y un laboratorio. Es aquí donde tiene lugar el principal proceso, que dura las 24 horas del día (los investigadores polares trabajan en tres turnos de 8 horas de duración cada uno).
El geólogo Yakutseni describe las condiciones de vida de los investigadores polares de este modo: “Un mínimo de objetos personales, un confort también mínimo, un equipo muy reducido y muchísimo trabajo”. Sin embargo, los propios investigadores recuerdan la estación con cariño. Víctor Boiarski, director del Museo del Ártico y de la Antártida de San Petersburgo, y que trabajó en la estación hace 25 años, recuerda: “En mi época vivíamos muy cómodos en la estación, aunque más tarde se renovó y las condiciones de vida de los investigadores polares mejoraron bastante. Nosotros vivíamos en casas prefabricadas de aluminio, calientes, con calefacción de caldera. Teníamos una central eléctrica diesel y un sauna. Es una estación muy buena y compacta”.
Dentro de la vivienda los investigadores polares tienen biblioteca, gimnasio y un salón donde se reúnen por la noche para ver películas y jugar a juegos de mesa. Además, este año la estación ha empezado a recibir señales de dos canales de la televisión rusa. Según Valeri Lukín, en cuanto Roskosmos lance un satélite más, en Vostok incluso habrá Internet.
El secreto de la adaptación
“La temperatura en casa es normal. Cuando hace viento, las temperaturas bajan hasta 13 -15º bajo cero, pero en general resulta confortable”, comenta Víctor Boiarski. Según los testimonios de los investigadores polares, la temperatura a la que suelen trabajar (-35º) les resulta bastante aceptable. Es mucho más difícil acostumbrarse al aire enrarecido.
La estación se encuentra a una altura de 3.483 metros sobre el nivel del mar y debido a la falta de oxígeno en la atmósfera, el trabajo físico resulta extremadamente complicado.
Víctor Boiarski cuenta que antes de emprender la expedición, todos los investigadores polares pasan una revisión médica. “Es importante que no haya enfermedades latentes ni persistentes. Que no falle el corazón y que no existan problemas de tensión. Hay que empastar obligatoriamente todas las muelas y es preferible no tener apéndice. Durante la revisión médica, los investigadores polares pueden pasar por una cámara hiperbárica y se estudia qué temperaturas pueden soportar. Lógicamente, la revisión médica que tenemos que pasar es estricta, pero no tanto como la que pasan los astronautas”, asegura el investigador.
En cualquier caso, Boiarski, como investigador polar experimentado, conoce el secreto de la aclimatación a condiciones adversas: “Una vez tuve que llegar hasta la estación en un trineo tirado por perros y en esquíes. El viaje duró medio año, así que la aclimatación fue increíble. Cuando por fin llegamos hasta Vostok, correteábamos como niños, mientras que el resto de los investigadores polares se movían con muchas dificultades”, confiesa el investigador.




