Cuando se desmoronó la URSS, la frontera entre Rusia y Ucrania pasó justo por el borde de una ciudad de cincuenta mil habitantes, Donetsk, en la Región de Rostov. Muchas de las minas que entonces garantizaban el empleo a la población local, fueron cerradas. Ante el “¿De qué vamos a vivir?” surgió una nueva respuesta, muy breve: del contrabando. Bajo tierra se extendieron kilómetros de oleoductos improvisados a través de los cuales los ciudadanos rusos empezaron a pasar diesel barato a los ciudadanos de Ucrania.
Están trabajando las “fichas”
Tras la ventana, todo está oscuro. Estoy en la pequeña habitación del único hotel de Donetsk y, como si de una película de espías se tratara, no aparto los ojos del teléfono móvil: espero a que suene y que una voz monótona me comunique mi próxima misión. El teléfono, por fin, tintinea y pasados unos segundos estoy ya en la calle buscando con la mirada el coche que necesito. Dentro hay dos personas. En la oscuridad no se ven ni las caras ni sus cargos militares.
Donetsk se diferencia poco del resto de las ciudades de provincias. El Donetsk nocturno, menos todavía. Nos movemos por calles totalmente desiertas. Parece que la vida se ha parado. Pero sólo lo parece.
De vez en cuando, pasan todoterrenos baratos de fabricación rusa, llenos de barro, como si hubieran participado en un rally. Los guardafronteras los siguen con la vista de una forma inusual, luego cruzan sus miradas en silencio y giran bruscamente para entrar en el patio más cercano…
— ¿Ocurre algo? — pregunto, notando la tensión en el ambiente.
— Casi todos los todoterrenos de la ciudad pertenecen a los contrabandistas, mejor dicho, a los que transportan el contrabando. ¿Has visto qué sucios están? El barro es reciente. Van a través del campo. Puede que estén de búsqueda y puede que quieran pasar la carga.
— ¿Cómo saben que son contrabandistas? A lo mejor simplemente llevan mucho tiempo sin lavar el coche.
— No llevan atrás rueda de repuesto. Se la quitan. A veces tienen que andar por unos barrancos increíbles y encima cargados hasta arriba y a toda marcha. La rueda de repuesto no aguanta, se cae junto con el soporte. Ahora vamos a comprobar varios sitios, si allí hay “fichas” haciendo guardia, seguro que ocurrirá algo esta noche.
“Fichas” es el apodo que reciben los habitantes locales que trabajan para los contrabandistas y que a cambio de un dinero, les pasan información sobre los movimientos de los guardafronteras por la ciudad. La posibilidad de encontrar en las calles de Donetsk a este tipo de informadores aumenta a medida que avanza la noche, sobre todo en las zonas donde los contrabandistas pretenden pasar su carga a través de la frontera. En este momento prácticamente en cada cruce hay un coche con uno o dos pasajeros. Si un guardafrontera, en un coche de servicio o incluso en uno particular, pasa por la carretera, los trabajadores del “taller ilegal” de toda la ciudad se enteran de inmediato.
Trabajan los “topos”
La forma en la que se pasan los combustibles y lubricantes de contrabando en Donetsk es bastante simple: colocan un tubo bajo tierra, conectan una bomba portátil y ya tienen listo un canal ilícito para el transvase del combustible diesel a Ucrania. La diferencia de precio, algo menos de ocho rublos por litro, es capaz de aportar en 24 horas más de un millón de rublos (unos 24 mil euros). En este sentido, Donetsk es un lugar único: parece que en ninguna otra frontera se puede observar una manera tan original de contrabando como la de poner tubos bajo tierra. Al menos, eso es lo que afirman en el servicio de prensa de la Dirección de Guardafronteras de Rostov.
Para que un esquema así funcione con éxito y aporte un beneficio aceptable, se necesitan dos componentes. El primero de ellos se llama “topo”, una máquina especial para tuberías a la que el operador sólo tiene que indicar la profundidad y la dirección de la perforación horizontal, corrigiendo de vez en cuando su trabajo a través de un GPS. El resto, la máquina lo hará sola: sujeta las paredes del orificio con una mezcla de hormigón de secado rápido, así que transcurridas unas pocas horas, las tuberías están listas para transportar el combustible. El segundo componente es el canal de suministro y venta. Es muy complicado pescar a los organizadores y a los que protegen estos canales, ya que todo el trabajo in situ es llevado a cabo por los “fichas”, los transportistas y el resto de trabajadores a sueldo, que en muchas ocasiones ni siquiera saben para quién trabajan ni quién les está pagando.
El transporte subterráneo del combustible es un fenómeno relativamente reciente en Donetsk. Antes, los contrabandistas actuaban con más atrevimiento: llevaban el combustible en camiones cisterna que prácticamente formaban columnas. Esta impresionante desfachatez se explicaba con la presencia de una protección fiable tanto dentro de la policía local, como en las filas de los guardafronteras. Pero desde el momento en el que estos pasaron a formar parte del Servicio Federal de Seguridad, los contrabandistas tuvieron que esconder sus canales para el transporte de combustible bajo tierra.
Hoy en día, quedan cada vez menos de estas canalizaciones entre Rusia y Ucrania, pero hace sólo unos años eran una plaga en la región.
— Casi no nos daba tiempo ni a desmontarlas. Llenas una tubería de una mezcla especial, y al lado aparecen otras nuevas. Parecía una Gorgona: uno corta una cabeza, y en su lugar aparecen dos iguales—, recuerda el jefe del departamento.
Pero incluso ahora los guardafronteras lo tienen difícil. La primera razón es que hay muchísimo trabajo en ese tramo del borde mientras que los efectivos son escasos. Los que dimiten, lo hacen normalmente por esa misma razón: no aguantan porque se desmoralizan.
Trabaja la información
Una noche más con la patrulla secreta. A la entrada de Donetsk nos espera el primer “ficha”: un Niva lleno de barro hasta el techo arranca en cuanto pasamos por su lado. El conductor no enciende los focos para no llamar la atención. Es tarde. Los guardas le calan en seguida, así que antes de salir “a la caza” tendremos que quitarnos de encima a este perseguidor, y además a otros “fichas” a los que el conductor del todoterreno ya habrá dicho que el grupo de guardafronteras está ahí. Es difícil trabajar cuando además de ser más ágil que un delincuente concreto, tienes que enfrentarte prácticamente a toda una ciudad.
Llegamos a separarnos del todoterreno sorprendentemente rápido. Pasados unos minutos dejamos el coche en un callejón desierto y oscuro. Ahora hay que ir a pie, como la otra vez, sólo que ahora tendremos que caminar mucho más: los guardas han sido informados de que en uno de los terrenos privados hoy habrá bombeo de diesel hacia Ucrania a través de tuberías improvisadas. Por eso tenemos que estar completamente seguros de que nadie nos sigue y de que vamos a llegar a la zona pasando desapercibidos. Pero no sabemos por dónde va a pasar exactamente el contrabando.
Pasadas tres horas, salimos hacia la zona indicada. Es un área de casas de una planta con vallas bajas, pequeños jardincitos y huertas. A pesar de la hora, en el camino de tierra estropeado por el agua aparecen muchos transeúntes solitarios. Inexplicablemente, todos entran en el patio de una vieja casa que parece abandonada. Tiene una puerta de hierro, torcida, un cartel que dice “Se recogen metales no ferrosos” y un montón de chatarra enfrente.
— Es una tapadera. Una cuento chino. Así se evitan las sospechas—, pronuncia casi imperceptiblemente uno de los guardas fronterizos.
El objetivo está identificado. Sigilosamente, damos la vuelta al edificio por la parte que no está iluminada con las farolas de la calle, por donde será difícil vernos, y tomamos posiciones. Ahora sólo tenemos que esperar a que aparezca el transportista.
Pasados unos cuarenta minutos, las puertas de hierro finalmente se abren: en el patio entra un coche, por el sonido de su motor tiene que ser un “Gazel”. En el silencio que sigue discernimos una sola frase:
— Todo va bien, conecta.
Esto ha sido como una señal de disparo. Los efectivos, con la ligereza de los maestros del parkour, saltan por encima de la valla y en un segundo se encuentran junto al coche con el contrabando.
— ¡División de guardafronteras! ¡Que no se mueva nadie!
Todos los presentes en el patio salen corriendo en todas las direcciones, pero los guardas tampoco necesitan a todo el mundo: la mayoría de los que se alejan corriendo por las calles nocturnas de Donetsk son los mismos “fichas”, que no se descubrieron la patrulla. El objetivo de esta salida es el conductor con el coche y el técnico que lleva a cabo el bombeo del combustible. Éstos no han tenido ni tiempo para darse cuenta de lo que estaba pasando cuando ya estaban con las manos detrás, apretadas por las esposas de metal. El trabajo ha terminado.
Ahora trabajan los colegas
Los guardas han hecho lo que tenían que hacer. Ahora en el lugar del delito trabajan los empleados del Ministerio del Interior y del Servicio Federal de Aduanas: la policía y los aduaneros levantan testimonios, interrogan a los detenidos, comprueban la carga que no llegó a pasar al otro lado de la frontera, traen y llevan a los testigos.
Hay un gran barril soldado al suelo del coche que contiene casi tres toneladas de diesel. Es poco para que los criminales vayan a la cárcel ya que el valor total de la carga no supera el límite establecido por la legislación. Aquello que nos ha hecho jugar al escondite durante media noche se dirige a un metro de profundidad hacia la vecina Ucrania. Sólo se ve una parte de un tubo con un grifo de hierro oxidado cubierto de hojas que asoma en el suelo junto a los cimientos de las casa. En la casa vemos el suelo levantado y un hoyo donde los contrabandistas han instalado una bomba que impulsa el combustible. En teoría, son los empleados de la sección local del Ministerio de Situaciones de Emergencia los que se tienen que dedicar a desmontarla, pero a estas horas tan intempestivas es difícil que vengan, por eso somos nosotros los que arrancamos la bomba y se la entregamos a los aduaneros y que los del Ministerio se ocupen mañana del tubo. El combustible diesel confiscado también será entregado a la aduana.
Esta noche el jefe de la división la ha vuelto a pasar trabajando.
— ¿Pasan algún tiempo en casa?
— Bueno, pasaré ahora un momento: desayuno, saludo a mi mujer y vuelvo. Aquí uno o trabaja, o…
El oficial y yo nos alejamos en auto del edificio de la Subdivisión. Vamos callados. Después de esta noche, tanto él como yo estamos cansados tanto física como moralmente. Ya, al lado del hotel, el jefe del departamento me dice:
— Sólo te pido que no escribas nada malo sobre nosotros.
Nos despedimos. El oficial se va a casa, y yo, con el uniforme puesto, entro en el hotel. Ya no tengo fuerzas para cambiarme.
— ¿Han pescado a alguien?— pregunta una mujer somnolienta detrás del mostrador de recepción.
Asiento con la cabeza sin decir nada.
— ¡Ah, pobrecitos!
No llegué a entender bien de quién se compadecía exactamente…
(Los nombres y los cargos de los guardas fronterizos no se indican para garantizar su seguridad).
Originalmente publicado en la revista Russki Reporter




