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“San Petersburgo no creció como las otras ciudades. Ni el comercio ni la política pueden explicar su desarrollo: fue construida como una obra de arte”, escribe Orlando Figes en ‘El baile de Natasha’. Los detalles de esta obra de arte están fácilmente al alcance del visitante que pasea la mirada por las fachadas de la Avenida Nevski, la Plaza de las Artes o los canales Fontanka y Griboyédov. “Aquí todo ha sido creado para la percepción visual”, exclamó la escritora Madame de Staël cuando visitó la ciudad en 1812. Y, sin embargo, muchas cosas quedan ocultas a los ojos.
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El fotógrafo Roman Mezenin nos muestra estos interiores ocultos. No los apartamentos donde vive la gente, sino los espacios intermedios que van de las amplias avenidas de San Petersburgo a la intimidad de sus habitaciones: las escaleras.
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“Ni siquiera se fijó en que, de repente, una casa de cuatro pisos se elevaba ante él. Sus cuatro brillantes filas de ventanas lo miraron todas a un tiempo, y la verja de la entrada le propinó su empujón de hierro. Vio volar a la desconocida escalera arriba, la vio volverse, llevarse un dedo a los labios y hacerle seña de seguirla… ¡Cuánta dicha en un instante! ¡Qué vida tan maravillosa en sólo dos minutos!” ‘Perspectiva Nevski’ de Nikolái Gógol.
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San Petersburgo está estrechamente ligada a la literatura, los escritores la han convertido en un personaje más de sus cuentos, poemas y novelas. Cada rincón puede ser el escenario de una historia.
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“¿No sería un sueño todo esto? ¿Era posible que aquella por cuya celestial mirada estaría dispuesto a dar toda su vida y respecto de la cual comunicaba una dicha acercarse tan sólo a su vivienda, fuera ahora tan atenta y benévola con él? Subió volando la escalera… La escalera ascendía, y con ella ascendían ya dentro de sí fuerza y decisión para todo”, ‘Perspectiva Nevski’ de Nikolái Gógol.
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Las escaleras tienen una potente simbología. Sirven para conectar dos mundos. Subirlas significar alcanzar algo deseado. Piskarev, el protagonista de ‘Perspectiva Nevski’, asciende por ellas dejando atrás su pobre existencia.
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Otras veces las escaleras deparan un destino aciago. Descender por ellas puede ser el principio de un mal día. “Una tarde extremadamente calurosa de principios de julio, un joven salió de la reducida habitación que tenía alquilada en la callejuela de S… y, con paso lento e indeciso, se dirigió al puente K. Había tenido suerte de no encontrarse con su patrona en la escalera… de todos modos, nuestro joven, cada vez que salía, se veía obligado a pasar por delante de la puerta de la cocina, que daba a la escalera, y estaba casi siempre abierta de par en par… No, más valía la pena deslizarse por la escalera como un gato para pasar inadvertido y desaparecer”. Inicio de ‘Crimen y castigo’ de Fiódor Dostoievski.
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En la novela ‘Crimen y castigo’, la palabra ‘escaleras’ aparece más de cien veces. Es el espacio físico y mental que comunica a los personajes principales, el testigo de los pensamientos y acciones de Raskólnikov.
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“De la acera partía una escalera que se hundía en el subsuelo y conducía al establecimiento. De él salían en aquel momento dos borrachos. Subían la escalera apoyados el uno en el otro e injuriándose. Raskólnikov bajó la escalera sin vacilar. No había estado nunca en una taberna…”, ‘Crimen y castigo’ de Fiódor Dostoievski.
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“¿Es posible, Señor, es realmente posible que yo coja un hacha y la golpee con ella hasta partirle el cráneo?... Ayer mismo, cuando hice el ensayo, comprendí perfectamente que esto era superior a mis fuerzas. ¿Qué necesidad tengo de volver a interrogarme? Ayer, cuando bajaba aquella escalera, me decía que el proyecto era vil, horrendo, odioso”, ‘Crimen y castigo’ de Fiódor Dostoievski.
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“Raskólnikov jadeaba… Aplicó el oído a la puerta y no oyó nada: en el departamento de Alena Ivanovna reinaba un silencio de muerte. Su atención se desvió entonces hacia la escalera: permaneció un momento inmóvil, atento al menor ruido que pudiera llegar desde abajo… Luego miró en todas direcciones y comprobó que el hacha estaba en su sitio”. ‘Crimen y castigo’ de Fiódor Dostoievski.
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Con la técnica del fotomontaje, Román Mezenin hace un homenaje a la cualidad líquida de la ciudad y a su historial de inundaciones. Se han contabilizado más de 270 inundaciones desde la que, en agosto de 1703, se llevara por delante el material de construcción de la Fortaleza de Pedro y Pablo. La mayoría ocurre en las estaciones de otoño e invierno. Para controlar las crecidas y proteger la ciudad, en 1979 se inició la construcción de un gran dique de 25 km de largo. La literatura también ha reflejado esta característica del paisaje petersburgués.
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El fotomontaje es la técnica perfecta para transmitir el paisaje después de la inundación, en que todos los elementos del paisaje se mezclan en un caos. También las crisis nerviosas de los personajes que, presos del extrañamiento, convierten su ciudad en un puzle inconexo.
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En la Plaza de San Isaac, en el número 7, se encuentra el Instituto Vavílov. Mirando al río Moika se encuentra un obelisco de granito que marca el nivel que alcanzó el agua en la peor inundación de la ciudad.
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“Sofia echó un vistazo por la ventana y vio que, donde antes había una calle, ahora bajaba un torrente de agua verde, espoleado por el viento. Una mesa flotaba, dando vueltas lentamente; encima de ella se había encaramado una gata blanca con manchas rojizas, la boca abierta, debía de estar maullando… En el edificio de enfrente, en el primer piso, estaba abierto un postigo que se mecía por el agua. Ésta seguía creciendo, arrastraba troncos, tablas, heno, luego vieron pasar algo redondo que parecía una cabeza”. ‘La inundación’ de Yevgueni Zamiatin.
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El poema de Aleksandr Pushkin ‘El caballero de bronce’ se enmarca en la inundación de 1824. Allí, Pelagueia sueña con el amor de Parasha que sólo la fuerza del agua, después de una fuerte tormenta, destruye ante la mirada impasible de la escultura de Pedro I. Pushkin añadió la siguiente nota al poema: “Los sucesos descritos en este cuento se basan en la realidad. Los detalles han sido tomados en periódicos contemporáneos. Los curiosos pueden verificarlos en los materiales recopilados por V. I. Berj».
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Mijaíl Dmitriev lanza una terrible profecía sobre la ciudad en su poema de 1847 ‘La ciudad submarina’: San Petersburgo desaparecerá de la faz de la tierra debajo de las aguas. La poética de la inundación se emparenta con la dislocación, el cambio de orden.
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También se reconoce a San Petersburgo por su cualidad onírica, sus alucinantes noches blancas, sus perfiles fantasmagóricos.
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Las fotografías de Mezenin también aluden a las múltiples capas históricas de la ciudad en cuyo centro histórico se confunden sin cesar.
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Construida en medio de la nada, siempre ha arrastrado consigo esa condición irracional, fantasmagórica. En ‘Apuntes del subsuelo’, Dostoievski la denominó «la ciudad más abstracta y premeditada de todo el ancho mundo».
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