De distancias o 'Tan lejos, tan cerca'
Pablo Terradillos

Obviamente una de las primeras cosas que llama la atención del foráneo en esta tierra de ríos, árboles y climas extremos son las distancias. Y no hablamos aquí de las distancias personales, de ese tópico nada cierto de la lejanía y frialdad del arquetipo ruso -como decía Michael Ende "esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión"-. Nos referimos claro al hecho de estar en el centro del país más grande de este gracioso planeta que gira con complejo de peonza.
Y viene esto al caso de que mañana salgo de viaje, nada menos que al lago Baikal y alrededores. Cuando uno mira el mapa, Krasnoyarsk no parece estar lejos de la mayor reserva de agua potable del planeta. Y para un ruso no lo está. Para un europeo, acostumbrado a pequeños países que esconden a otros aún más pequeños países dentro y a medir las distancias por centenares de kilómetros, para un europeo, digo, sí está lejos. Y mucho. Aquí las distancias se miden en millares, y en este caso un cero sí marca una diferencia. Lo que para mi compañera de viaje es un paseo un poco largo, para mí es una odisea de proporciones homéricas -debiera decir 'strogoffianas' recordando al señor Jules Verne-.
Nada menos que 17 horas de tren nos aguardan, unos mil y pico de kilómetros a ojo de buen cubero. Para el españolito de puente aéreo, AVE-Altaria o Ford Fiesta con o sin aire acondicionado, 17 horas representan una auténtica eternidad. Para los nativos de esta parte del globo acostumbrados a viajes de varios días sin salir del tren, virtuosos de la paciencia sea en la oficina bancaria, en la tienda o en el control de pasaportes del aeropuerto, es poco menos que una broma, un pequeño trámite devorando kilómetros y minutos en la mítica -para mí, extranjero vocacional- ruta transiberiana.
Y es que toda distancia depende del ojo que la mira.













